Nuestro Señor Jesucristo enseña dos ideas principales sobre la pureza de ellas es que la pureza es la virtud que nos permite ver a Dios “Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios” Exactamente esa es la función de la pureza, permitir al hombre percibir a Dios en el prójimo… y me permite a mi mostrarme como hijo de Dios.
domingo, 11 de julio de 2010
DICHOSOS LOS LÍMPIOS DE CORAZÓN
Nuestro Señor Jesucristo enseña dos ideas principales sobre la pureza de ellas es que la pureza es la virtud que nos permite ver a Dios “Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios” Exactamente esa es la función de la pureza, permitir al hombre percibir a Dios en el prójimo… y me permite a mi mostrarme como hijo de Dios.
miércoles, 7 de julio de 2010
LA ORACIÓN ES LUZ DEL ALMA
La oración es luz del alma
"El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.
San Juan Crisóstomo
jueves, 1 de julio de 2010
DICHOSOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

"Dichosos los que trabajan por la paz-nos dice el evangelista- porque ellos se llamarán hijos de Dios".
Cobran especial lozanía las virtudes cristianas en aquel que posee la armonía de la paz cristiana y no se llega a la denominación de hijo de Dios si no es a través de la práctica de la paz.
Hay que procurar buscar la paz y la concordia; estas virtudes son las que engendran y alimentan la caridad.
San Pedro Crisólogo,
Obispo
domingo, 27 de junio de 2010
MANIFESTAR A CRISTO EN NUESTRAS VIDAS

MANIFESTAR A CRISTO EN NUESTRA VIDA
Hay tres cosas que manifiestan y distinguen la vida del cristiano: la acción, la manera de hablar y el pensamiento. De ellas, ocupa el primer lugar el pensamiento, viene en segundo lugar la manera de hablar, que descubre y expresa con palabras el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción, con la cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, a pensar o hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla suprema.
Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o se apartan de él. Este discernimiento puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo, toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están, de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan la impronta del adversario, el cual se esfuerza en mezclar con las perlas el cieno de la perturbación, con el fin de afear y destruir el brillo de la piedra preciosa.
Por el contrario, todo aquello que está limpio y libre de toda turbia afección tiene por objeto al autor y príncipe de la tranquilidad, que es Cristo; él es la fuente pura e incorrupta, de manera que el que bebe y recibe de él sus impulsos y afectos internos ofrece una semejanza con su principio y origen, como la tiene el agua nítida del ánfora con la fuente de la que procede.
En efecto, es la misma y única nitidez la que hay en Cristo y en nuestras almas. Pero con la diferencia de que Cristo es la fuente de donde nace esta nitidez y nosotros la tenemos derivada de esta fuente. Es Cristo quien nos comunica el adorable conocimiento de sí mismo, para que el hombre, tanto en lo interno como en lo externo, se ajuste y adapte, por la moderación y rectitud de su vida, a este conocimiento que proviene del Señor, dejándose guiar y mover por él. En esto consiste (a mi parecer) la perfección de la vida cristiana: en que, hechos partícipes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y con nuestro género de vida, la virtualidad de este nombre.
San Gregorio de Nisa, Obispo.
miércoles, 23 de junio de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
sábado, 29 de mayo de 2010
SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Vida consagrada Contemplativa
30 de mayo de 2010

LA VOCACIÓN RELIGIOSA
La vocación religiosa es un misterio de amor entre un Dios que llama y un ser humano que le responde libremente y por amor. La vocación es un misterio de elección divina. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure (Jn 15,16). Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía y, antes que nacieses, te tenía consagrado (Jer 1, 5).
La vocación es un llamado de Dios para ser puentes entre Dios y los hombres; para hablar a Dios de los hombres y a los hombres de Dios. Es un llamado a seguir en el mundo sin ser del mundo, para salvarlo. Y este llamado divino exige una respuesta, ya que muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mt 20, 16). Dios llama a muchos, pero son pocos los que le responden y se entregan totalmente y sin condiciones a su servicio y al bien de sus hermanos. Incluso, vemos cómo en la vida real hay muchos que un día le dijeron SI y, después de un tiempo o de unos años, se cansan de su vida consagrada y renuncian a su misión, regresando a la vida del mundo. ¿Por qué? Se ha dicho muchas veces que la principal causa de las defecciones religiosas y sacerdotales está en la falta de oración. Cuando falta la oración, que es comunicación amorosa con el Señor, es como si nos faltara el amor para la entrega total. Somos incapaces de seguir adelante, como un coche que se queda sin gasolina y ya no puede avanzar más. Por eso, hay que ser fieles a la oración diaria, es decir, al amor diario con el Señor. La oración es la base y fundamento de la vida espiritual y de la vida religiosa. Sin oración auténtica no puede haber amor profundo y total a Dios. Con una oración superficial ¿qué se puede esperar?
La vocación es entrega total, es aspiración a la santidad, es un llamado a ser luz y amor para los demás. Es un eco actual de la llamada eterna de Dios, pues Dios nos ha escogido desde toda la eternidad para amar a todos sin condiciones. La vocación es una invitación a seguirle en exclusiva. Es como si Jesús dijera: ¿Me amas? ¿Quieres amarme como esposa y madre de todos los hombres?
La vocación es una predilección maravillosa, un privilegio inmerecido, un regalo extraordinario, que nunca podremos agradecer suficientemente. Es una llamada gratuita y personal de Dios que espera también una respuesta diaria y personal. Esto quiere decir que debemos vivir nuestra vocación día a día con nuestras renuncias, nuestra obediencia, nuestra entrega y nuestro amor total. Así la vocación irá madurando y seremos más y más conscientes de lo que significa para nosotros esa predilección de la llamada de Dios y de lo que supone nuestra respuesta definitiva a su amor.
La vocación hay que vivirla sin medias tintas, sin ambigüedades, sino con un corazón indiviso para Dios y para los demás. El amor es lo que da sentido a la llamada y a la respuesta personal. Sin amor, la vida religiosa sería como una lámpara sin aceite. Ser esposas de Jesús significa entregarse totalmente a Él para hacerlo feliz en cada instante de la vida y, por Él y con Él, hacer felices a los que nos rodean, abarcando con nuestro amor a todo el universo.
La vocación, en una palabra, implica una misión de servicio universal, ser madres de todos los hombres, ser luz en el mundo y vivir para los demás con una aspiración constante a la santidad.
JUAN PABLO II Y LA VOCACIÓN
Decía el Papa Juan Pablo II: Quisiera preguntar, amadísimos jóvenes, a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que puede haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y a los hombres a Jesús? (Roma, 13 de mayo de 1984).
Pido a cada uno de vosotros, que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama a seguirle. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: Rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí. Dios ha pensado en nosotros desde toda la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre. (Cristifideles laici 58).
UNA EXPERIENCIA DE VIDA RELIGIOSA
Estudié Derecho en la universidad y terminé mi carrera con buenas notas. Conseguí trabajo muy pronto y estuve ejerciendo mi profesión durante más de tres años en una entidad pública. Y, en ese momento, cuando ya tenía todo lo que había deseado, sentí en mi alma que Dios me pedía que hiciera una opción radical por Él, dándole todo. Fue un encuentro con Dios particularmente fuerte, inefable. Vi claramente en mi alma que Cristo me llamaba. Es como si me estuviera diciendo al oído: Mira, todo esto que estás haciendo es bueno, está bien..., pero ahora vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y ven y sígueme.
Este Ven y sígueme comenzó a resonar en mi alma cada vez con más fuerza y se fue abriendo paso en mi corazón entre vacilaciones interiores. Y decidí corresponder libremente al amor de Dios. Comencé a ir a misa todos los días y a comulgar diariamente. Recibir a Jesús en la comunión se convirtió para mí en una necesidad. Necesitaba contemplarle, quería darme por entero a Él.
La gente me decía: Eres joven, tienes buen trabajo y toda la vida por delante... ¿Y lo vas a echar todo a rodar de esa manera? ¿Es que te has vuelto loca? Yo confié en Dios, me arriesgué y opté por Él, contando con su gracia y su fortaleza. Y ahora aquí me tienes, vale la pena entregarse del todo a Dios. El Señor da el ciento por uno. Me siento inmensamente alegre y feliz. A todos los llevo en mi corazón y los presento cada día al Señor. Esa es la misión de mi vida: orar por todos los hombres y ofrecer mi vida por ellos para salvarlos.
***********
Y para terminar, unas preguntas: ¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado en la posibilidad de ser religiosa y consagrarte totalmente al servicio de Dios y de los demás? Si no estás segura, te recomiendo que vayas todos los días a los pies de Jesús, ante el sagrario, y le preguntes: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cuál es mi misión? Y Él te responderá, quizás sin palabras, pero con toda claridad.
ÁNGEL PEÑA O.A.R

